Romantizar la rutina

La rutina suele pensarse como algo que simplemente se cumple, dejando el disfrute para los momentos “libres”. Pero si gran parte de la vida transcurre en lo cotidiano, ¿qué lugar le damos ahí al placer?

Romantizar la rutina

Cuando el problema no es la rutina, sino cómo la habitamos

Durante mucho tiempo se instaló una idea bastante silenciosa:
que la rutina es algo que simplemente se cumple.

Que las responsabilidades se hacen porque hay que hacerlas.
Y que el disfrute queda para otro momento.

Para el fin de semana.
Para las vacaciones.
Para cuando haya tiempo.

En ese marco aparece el concepto de romantizar la rutina.
Un término que genera rechazo en algunos espacios, como si implicara superficialidad o negación de lo real.

Pero, ¿y si no fuera eso?

Lo que se juega en lo cotidiano

Romantizar la rutina puede pensarse como el acto de buscar detalles, embellecer momentos o introducir pequeños gestos que hagan más habitable lo que hacemos todos los días.

No como negación de lo difícil.
Sino como una forma de no quedar completamente capturados por la lógica del “cumplir y seguir”.

Porque hay algo que aparece con frecuencia en distintos espacios —en entrevistas, en conversaciones laborales, en procesos de orientación—:
la dificultad de encontrar algún registro de disfrute en lo cotidiano.

Como si no estuviera habilitado.

El trabajo, el placer y lo que “debería ser”

Todavía persiste una idea bastante arraigada:
que el trabajo no se disfruta, se hace.

Que la rutina y las responsabilidades se cumplen porque eso es ser adulto, eso es ser maduro.

Y, en ese movimiento, el placer queda desplazado.

A lo excepcional.
A lo que se gana después.
A lo que no interfiere con la productividad.

Pero si la mayor parte de la vida transcurre trabajando,
¿qué lugar queda para el disfrute?

No todo puede esperar al descanso

Hay algo que empieza a tensarse cuando el disfrute queda exclusivamente asociado al tiempo libre.

Porque no todo puede esperar al fin de semana.
No todo puede postergarse para “cuando haya tiempo”.

La vida no pasa solo cuando dejamos de trabajar.

También pasa en lo que hacemos todos los días.
En lo que se repite.
En lo que, muchas veces, damos por hecho.

No se trata de hacer todo “lindo”

Romantizar la rutina no es negar el cansancio, ni el malestar, ni las condiciones que muchas veces son difíciles.

Tampoco es convertir todo en algo estético o agradable.

Se trata, quizás, de otra cosa:
de introducir pequeñas variaciones que hagan más habitable lo que ya está.

Un gesto.
Un ritmo distinto.
Un mínimo registro de presencia.

Algo que no transforme la realidad por completo,
pero sí la forma en que la atravesamos.

Una pregunta abierta

Si la rutina ocupa gran parte de la vida,
¿Qué lugar le estamos dando ahí al disfrute?

No como premio.
No como pausa.
Sino como parte.

Cierre

Quizás romantizar la rutina no sea un problema.

Quizás sea, en algunos casos, una forma de sostenernos.

Y todo aquello que haga este (complejo) hecho de existir un poco más amable,
no solo es bienvenido,
sino necesario.


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